La primera parte de la Edad Media fue una época muy dura para la Europa Occidental, una vez que cayó Roma (476), pero no así para el Oriente Medio y el norte de África, que tras la expansión árabe (a partir de mediados del siglo VII) adquirieron una gran vitalidad económica y cultural. El cáñamo ya se encuentra en prescripciones médicas escritas que circulaban entre los médicos árabes del siglo V.
En el siglo XII se constata su utilización por las ramas más místicas del Islam, como los sufíes, los derviches, los fakires y algunos grupos persas. Además el hachís continuó siendo una planta de uso popular -no en vano la plabra hashish en árabe significa “hierba”-. En líneas generales, se puede decir que el mundo musulmán se enquista en una etapa inmovilista a partir del siglo XII y eso también afecta a nuestra planta amiga.
En 1378 un edicto del Emir de Djoneima, Sudun Sceikuni, condena a serle arrancados los dientes a todo aquel que consuma hachís. A pesar de todo, la relación entre la cultura islámica y el hachís se mantiene, ya que en Las mil y una noches, un conjunto de cuentos escritos entre el año 1000 y el 1600, se cita una sustancia cuyos efectos se parecen mucho a los del hachís: el benji.
En Europa el cannabis vuelve a florecer primero en zonas colonizadas por los musulmanes (Al-Andalus en España o la europa balcánica, que fue ocupada por los turcos durante los siglos XIV y XV). Irónicamente, en la Europa Septentrional y Central son los cruzados los que traen hachís como recuerdo de sus expediciones en Palestina (siglos XI-XIII).
De una manera o de otra, el cannabis se encuentra en casi todas las recetas de médicos curanderos y brujas a finales de este período (S.XVI). Además ya aparece en obras literarias como Gargantua et Pantagruel, de François Rabelais y en donde se denominaba a la marihuana bajo con el nombre de “pantagruelión”.